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Primera Parte Prescindiendo de la angustia en sus múltiples formas, es la impotencia psíquica la afección por que se le solicita más a menudo asistencia a quien ejerce el psicoanálisis. Características de esta perturbación:
Si por medio del psicoanálisis se someten a estudio profundo casos de impotencia psíquica declarada, se obtiene la siguiente información sobre los procesos psicosexuales eficaces:
La corriente tierna:
La corriente sensual:
Hay dos factores que contribuirán decisivamente al fracaso de este progreso en el curso de desarrollo de la libido: La medida de frustración {denegación} real que contraríe la nueva elección de objeto y la desvalorice para el individuo. No tiene ningún sentido volcarse a la elección de objeto si uno no puede elegir absolutamente nada o no tiene perspectivas de poder elegir algo conveniente. Si estos dos factores son lo bastante fuertes, entra en acción el mecanismo universal de la formación de neurosis:
El impedimento del incesto constriñe a la libido volcada a esos objetos a permanecer en lo inconsciente. A su vez contribuyen a reforzar esta fijación los actos onanistas, el quehacer de la corriente sensual, que ahora es súbdita de lo inconsciente. En nada modifica esta situación el hecho de que ahora se consume en la fantasía el progreso que fracasó en la realidad: que en las situaciones fantaseadas que llevan a la satisfacción onanista los objetos sexuales originarios sean sustituidos por objetos ajenos. Estas fantasías devienen susceptibles de conciencia en virtud de esa sustitución, pero en la colocación real de la libido no se consuma progreso alguno. La impotencia psíquica propiamente dicha requiere las siguientes condiciones:
El principal recurso de que se vale el hombre que se encuentra en esa escisión amorosa consiste en la degradación psíquica del objeto sexual, al par que la sobrestimación que normalmente recae sobre el objeto sexual es reservada para el objeto incestuoso y sus subrogaciones. Tan pronto se cumple la condición de degradación, la sensualidad puede exteriorizarse con libertad, desarrollar operaciones sexuales sustantivas y elevado placer. |
Personas en quienes las corrientes tierna y la sensual no han confluido cabalmente una en la otra casi siempre tienen una vida amorosa poco refinada; en ellas se han conservado metas sexuales perversas cuyo incumplimiento es sentido como una sensible pérdida de placer, pero cuyo cumplimiento sólo aparece como posible en el objeto sexual degradado menospreciado. Segunda Parte Puesto que todos los factores considerados (la intensa fijación infantil, la barrera del incesto y la frustración en los años del desarrollo que siguen a la pubertad) pueden reconocerse presentes en la mayoría de los hombres cultos, estaría justificada la expectativa de que la impotencia psíquica fuese una afección universal de la cultura y no la enfermedad de algunos individuos. “Sustentaré la tesis de que la impotencia psíquica está mucho más difundida de lo que se cree, y que cierta medida de esa conducta caracteriza de hecho la vida amorosa del hombre de cultura”. Si se toma el concepto de impotencia psíquica en un sentido más lato, sin limitarlo al fracaso de la acción del coito no obstante el previo propósito de obtener placer y la posesión de un aparato genital intacto, se nos presentan en primer lugar todos estos hombres a quienes se designa como psicanestésicos: la acción misma no se les deniega, pero la consuman sin una particular ganancia de placer. Conducta amorosa del hombre en el mundo cultural: presenta universalmente el tipo de la impotencia psíquica. La corriente tierna y la sensual se encuentran fusionadas entre sí en las menos de las personas cultas; casi siempre el hombre se siente limitado en su quehacer sexual por el respeto a la mujer, y sólo desarrolla su potencia plena cuando está frente a un objeto sexual degradado, lo que de nuevo tiene por fundamento, entre otros, la circunstancia de que en sus metas sexuales entran componentes perversos que no osa satisfacer en la mujer respetada. Sólo le es deparado un pleno goce sexual si puede entregarse a la satisfacción sin miramientos, cosa que no se atreve a hacer, por ejemplo, con su educada esposa. A ello se debe su necesidad de un objeto sexual degradado, de una mujer inferior éticamente a quien no se vea precisado a atribuirle reparos estéticos, que no lo conozca en sus otras relaciones de vida ni pueda enjuiciarlo. A una mujer así consagra de preferencia su fuerza sexual, aunque su ternura pertenezca por entero una de superior condición. “No vacilo en responsabilizar también por esta conducta tan frecuente de los hombres de cultura en su vida amorosa a los dos factores eficaces en la impotencia psíquica genuina”:
“Suena poco alentador y, paradójico, pero es preciso decir que quien haya de ser realmente libre, y, de ese modo, también feliz en su vida amorosa, tiene que haber superado el respeto a la mujer y admitido la representación del incesto con su madre o hermana”. Conducta amorosa de la mujer en el mundo cultural: las mujeres se encuentran bajo un parecido efecto posterior de su educación y, además, bajo el efecto de contragolpe de la conducta de los hombres. Desde luego, para ellas es tan desfavorable que el varón no las aborde con toda su potencia como que a la inicial sobrestimación del enamoramiento suceda, tras la posesión, el menosprecio. En la mujer se nota apenas una necesidad de degradar el objeto sexual; esto tiene que ver con el hecho de que, por regla general, no se produce en ella nada semejante a la sobrestimación sexual característica del varón. La prolongada coartación de lo sexual y la reclusión de la sensualidad a la fantasía tienen para ella otra consecuencia de peso. A menudo le sucede no poder desatar más el enlace del quehacer sensual con la prohibición, y así se muestra psíquicamente impotente, es decir, frígida, cuando al fin se le permite ese quehacer. A ello se debe, en muchas mujeres su afán de mantener por algún tiempo en secreto aun relaciones permitidas, y en otras, su capacidad para sentir normalmente tan pronto se restablece la condición de lo prohibido en una amorío secreto; infieles al marido, están en condiciones de guardar al amante una fidelidad de segundo orden. “Opino que esa condición de lo prohibido es equiparable, en la vida amorosa femenina, a la necesidad de degradación del objeto sexual en el varón. Ambas son consecuencia del prolongado diferimiento entre madurez genésica y quehacer sexual, que la educación exige por razones culturales. Y ambas buscan cancelar la impotencia psíquica que resulta del desencuentro entre mociones tiernas y sensuales”. Si el resultado de idénticas causas se muestra tan diverso en la mujer y en el varón, acaso se debe a otra diferencia entre la conducta de uno y otro sexo:
Tercera Parte El hecho de que el enfrentamiento cultural de la vida amorosa conlleve la más generalizada degradación de los objetos sexuales puede movernos a apartar nuestra mirada de los objetos para dirigirlas a las pulsiones mismas:
“Desde luego, uno se inclina al comienzo por reconducir esas dificultades a unas propiedades universales de nuestras pulsiones orgánicas. Y en efecto, es en general cierto que la significatividad psíquica de una pulsión aumenta cuando es frustrada. “Creo que, por extraño que suene, habría que ocuparse de la posibilidad de que haya algo en la naturaleza de la pulsión sexual misma desfavorable al logro de la satisfacción plena. De la prolongada y difícil historia de desarrollo de esta pulsión se destacan enseguida dos factores a los que podría responsabilizar de esa dificultad:
“En modo alguno es posible avenir las exigencias de la sexualidad con los requerimientos de la cultura, y serían inevitables la renuncia y el padecimiento, así como, en un lejano futuro, el peligro de extinción del género humano a consecuencia de su desarrollo cultural.” Esta sombría prognosis descansa en una única conjetura: la insatisfacción cultural sería la necesaria consecuencia de ciertas particularidades que la pulsión sexual ha cobrado bajo la presión de la cultura. Ahora bien, esa misma ineptitud de la pulsión sexual para procurar una satisfacción plena tan pronto es sometida a los primeros reclamos de la cultura pasa a ser la fuente de los más grandiosos logros culturales, que son llevados a cabo por medio de una sublimación cada vez más vasta de sus componentes pulsionales. Parecería, pues que, la insalvable diferencia entre los requerimientos de ambas pulsiones -las sexuales y las egoístas- habilitará para logros cada vez más elevados, es verdad que bajo una permanente amenaza (a la que en el presente sucumben los más débiles) en la forma de la neurosis. |
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