Guidano y el enfoque ontológico en la psicología

  <<Volver Atrás

 

Daniela Romero Waldhorn


Es inherente para el ser humano, como primate que vive en un mundo intersubjetivo y en constante lenguajear, la necesidad de lograr una identidad diferenciada. Ésta última, gracias al desarrollo del neocórtex y del lenguaje, adquiere un carácter reflejo: según Guidano, el lograr una progresiva conciencia de sí mismo a través del desarrollo ontogénico es un proceso de complejidad e integración crecientes, el que se da junto con la adquisición individual de estructuras cognitivas cada vez más abstractas. Por lo demás, existe una relación funcional entre aquella progresiva adquisición de una conciencia del sí mismo y el procesamiento tácito-explícito de las emociones.
La estructuración del sí mismo, la mismidad es algo innato a la experiencia vital y que se entrelaza con ella, que sucede como condición de vida. Por lo tanto, si se pretende comprender la estructuración del ser “sí mismo” es propicio entonces una aproximación a la peculiaridad de dicha experiencia, a la trama en la que se vive y construye continuamente el conocimiento de mundo y el de sí mismo.
Tal como se mencionó en un inicio, el ser humano –como cualquier otro primate- vive en un mundo intersubjetivo, donde el conocimiento del sí mismo es siempre dependiente del conocimiento de los otros, del llamado “efecto del espejo”: yace allí, en la experiencia cotidiana del contacto con los otros, en la presencia proactiva dentro de una intersubjetividad, en el ver el propio reflejo en el espejo de la conciencia que otra gente tiene de uno mismo la génesis del conocimiento de sí mismo.
En este entorno, donde las otras personas son sus objetos más importantes, el individuo explora activamente, seleccionando y moldeando el contenido de su conocimiento, entendiendo por tal a un proceso activo de construcción de significado. El conocimiento consiste en la construcción y reconstrucción continua de una realidad que sea capaz de dar coherencia y viabilidad a la experiencia del que conoce, es un proceso activo de construcción de significado siempre de carácter autorreferencial. Por lo tanto, el individuo conocedor -al ser parte integral de lo que conoce- más que elaborar una estructura de la realidad, en el acto cognoscitivo construye una estructura de sí mismo.
Desde el primer instante de vida del ser humano, la existencia individual se entrelaza inseparablemente con la comprensión -aún cuando ésta sea rudimentaria-, comprensión que es siempre en todo homo sapiens una autocomprensión más que una representación de una supuesta realidad dada. Así, más que una correspondencia externa o copia de un orden exterior ajeno al sujeto, el conocimiento es un proceso activo de construcción de significados por parte del individuo, individuo que en virtud de su propiedad autorreferencial organiza así el significado personal.
Asimismo, desde su inicio ontogénico, el ser humano experimenta la intersubjetividad de manera que la percepción de otros y de sus tonalidades emotivas constituye un aspecto central en el reconocimiento del mundo y de sí mismo; todo lo que el individuo conoce de sí mismo y del mundo depende de cómo conoce a los otros y de cómo se siente visto por los otros. De esa forma, los otros y especialmente el desarrollo de los procesos vinculares con los demás, son aspectos que cobran una relevancia fundamental en la estructuración de sí mismo y en la totalidad de la historia de vida personal en general.
Las relaciones emocionales con los otros son una condición crucial de la experiencia porque de ella depende la posibilidad de la propia supervivencia, y no son otra cosa sino la expresión de nuestra condición subjetiva de seres afectivos que vivimos una experiencia intersubjetiva, la cual se inicia con el propio nacimiento. Las tonalidades emotivas que disparan los procesos vinculares son constitutivas de nuestra forma de conocer, de organizar nuestra experiencia, de estructurar el sí mismo, siendo personas únicas e irrepetibles con un propio significado personal, unitario, continuo y en permanente elaboración. Las emociones constituyen la base tácita de nuestro comportamiento, y el reconocimiento de su expresión en los rostros de los otros significativos implica una recoordinación global de las propias tonalidades emocionales.
Desde este punto de vista, la experiencia del ser humano se caracteriza por la necesidad de organizar nuestras tonalidades emotivas relacionadas con los procesos vinculares en torno a una autoidentidad diferenciada que se construye sobre la base de un significado personal, un sí mismo e identidad reconocida por los otros, y aceptada como válida por nosotros mismos.
Esa identidad personal consciente es inherente a la condición de vida humana, en tanto que el ser humano nace y vive en el lenguaje. El lenguaje, en particular, posibilita la coherencia y viabilidad de la experiencia de quien conoce en función de dos sistemas relacionados que se dan como procesos continuos y simultáneos: la experiencia inmediata, tácita y analógica; y la explicación, explícita y ligada al lenguaje.
Gracias al lenguaje el ser humano puede abstraerse de la inmediatez y concretud de la experiencia, ordenándola en un nivel más abstracto en base a la lógica y semántica del lenguaje. Producto del lenguaje y de su distancia de lo empírico, el ser humano es entonces capaz de observarse a sí mismo como otro. De esa manera es posible explicar la propia experiencia, el ser consciente de sí mismo, concebir el ser uno en sí, separado del resto.
Por su carácter abstracto, el lenguaje sitúa al individuo como su propio objeto de observación y conocimiento. Ese autoconocimiento no es sólo autorreferencial, sino que involucra siempre una concepción acerca de la realidad, mientras que cada concepción de la realidad está siempre relacionada con la visión que tiene el sujeto de sí mismo. De acuerdo a lo anterior es que Guidano considera al conocimiento como un proceso unitario en el que se gesta una interacción dinámica entre el conocimiento de sí mismo y del mundo, un proceso permanente y activo de esfuerzo y construcción de significado.
De esa manera, ya que el mundo en que vivimos no tiene un significado preestablecido, el individuo constantemente construye un significado y estructuración de la realidad y de sí mismo de manera coludida, todo ello en un proceso continuo de autoindividuación y autorreconocimiento.

Cada persona, entendida como un sistema cognitivo complejo, posee un significado de sí mismo que le permite reconocer a cada momento como propia cada experiencia inmediata, autorrefiriéndosela e integrándola en explicaciones consistentes por medio de un proceso sistémico de autoorganizacióny autorreferencia.
Por lo tanto, la principal tarea vitalicia es el mantener la coherencia interna de ese sistema de la mismidad según una lógica interna que da a cada individuo una sensación permanente de consistencia y viabilidad, un sentido de sí mismo diferenciado, unitario y continuo en el tiempo. Para ésto, es necesario un orden nosográfico, viable para cada persona, de la experiencia humana entendida como una construcción personal. En este contexto, Guidano se refiere a la organización del significado personal como “un sistema de ordenamiento de la propia experiencia inmediata que se caracteriza por una personal y única manera de agrupar y combinar (...) las tonalidades emocionales básicas, más un sistema explicativo que en permanente relación funcional con el anterior intenta, también de una manera personal y única, hacer consistente esta experiencia en torno a una imagen consciente del sí mismo que otorgue un significado viable a la propia existencia”.
En la organización del significado personal que cada persona construye en el curso de su desarrollo juegan un papel fundamental los patrones vinculares familiares: el procesamiento autorreferencial de las emociones que se disparan como procesos vinculares tempranos constituye un aspecto medular que integrará el desarrollo y la organización de una realidad personal. Ya que cada percepción y reconocimiento de los otros influye siempre directamente en la propia autopercepción, la percepción de las tonalidades emotivas reflejadas en la cara de las figuras significativas delineará, en los primeros años de vida, las tonalidades emotivas básicas del niño y su consecuente autopercepción.
Así, el establecimiento de lazos afectivos intensos durante los primeros años de vida no sólo se convierte en fuente de experiencias convertidas en un espejo que forma un basamento para posteriores experiencias del individuo, sino que es también una condición imprescindible para el logro de una diferenciación, autorreconocimiento y unicidad personal.
Por otra parte, el sí mismo, según Guidano, no es una identidad estática, sino un proceso articulado en diferentes niveles, como un continuo fluir a lo largo de la existencia, un proceso siempre abierto a la asimilación incesante de experiencias. El sí mismo se estructura intentando integrar constantemente, en niveles más complejos y estructurados de conocimiento, nuevas experiencias de sí mismo a la imagen consciente que el individuo tiene de sí. Todo ello se articula en un fluir permanente que debe lograrse nuevamente, renovarse en cada momento, aún si el sistema cognitivo individual toma alguna forma de recurrencia estable (lo que no es otra cosa sino una reafirmación constante de cierta línea de construcción). Desde este punto de vista, la autoidentidad es una construcción que se va estructurando y reestructurando a lo largo de toda la vida, incesantemente.
Al igual que la experiencia humana, el fluir de sí mismo en la dinámica de su estructuración ocurre en dos niveles simultáneos: uno de ellos es la experiencia inmediata de ser uno mismo, la vivencia de ser uno miso que el individuo que experimenta a cada instante; y el segundo, el nivel de la explicación, “la imagen consciente de sí” empleada para lograr la consistencia y coherencia de aquella experiencia. Este último nivel regula todo el sistema ya que es la imagen consciente de sí lo que determina cuáles aspectos de la experiencia inmediata sí pueden ser reconocidos y aceptados como propios e integrados a la misma y cuáles no, a favor de la estima personal (autoestima).
En virtud de aquel carácter selectivo de la imagen consciente de sí es que cada organismo procura una organización propia y un orden viables y funcionales a su propia existencia, elaborando una imagen de sí aceptable para sentirse confirmado y legitimado por los demás, y que le otorgue a su vez un sentido integrativo y de continuidad experiencial a lo largo del tiempo. Precisamente, el sistema ordenador peculiar e individual del cúmulo experiencial subjetivo inmediato y explicativo es la organización del significado personal, la cual le proporciona un sentido lógico y global a la propia existencia en su extensión temporal tripartita (pasado, presente y futuro). El autoconocimiento o la imagen consciente de sí que el individuo construye se dirige entonces al logro y mantenimiento constante de la propia coherencia e identidad sistémica.
Sin embargo, no en todo momento el sistema goza de estabilidad y de un funcionamiento determinístico, sino que es común que transite por períodos de metaestabilidad en los que la más mínima discrepancia dispara una intensa perturbación que puede desencadenar importantes crisis personales que obligan al sistema a una reestructuración del modo de ordenar la experiencia. Cabe aclarar que la edad adulta –así como cualquier otra etapa de la vida- no es una instancia homeostática de superación de períodos de metaorganización, sino que siempre requiere de un esfuerzo adaptativo para la reestructuración del sí mismo.
La conciencia de sí del individuo (según sus niveles de flexibilidad y abstracción) es el factor determinante de la calidad de la reorganización –más o menos funcional- del significado personal. Dicha reorganización es denominada progresiva en caso de que el individuo consiga integrar la nueva experiencia inmediata de sí mismo en una explicación más articulada, en niveles más complejos de estructuración para ordenar las nuevas experiencias en una nueva visión global de sí mismo.
En cambio, el sistema se reorganiza de manera regresiva cuando la nueva organización importa un menor nivel de abstracción y mayor rigidez para el mantenimiento de la coherencia sistémica, de manera que disminuye la capacidad para asimilar e integrar una nueva experiencia inmediata.
La necesidad inherente de lograr una identidad diferenciada y reconocida como única visualiza al conocimiento humano como un proceso autoorganizado, en el sentido de que las experiencias de todo individuo, inevitablemente, introducen cambios a su modo de estructurar la realidad y su percepción de sí mismo. En la dinámica de esa construcción personal del sí mismo que se estructura y reestructura de por vida, la organización del significado personal ordenará la existencia al servicio del mantenimiento y protección del autoestima, coherencia e identidad sistémica, pretendiendo garantizar la adaptación del sí mismo en su devenir interactivo de resignificaciones y reinterpretaciones activas.

Foro de Investigación

Menu Intro Mail
©APAH Análisis y Psicodinámica de la Actividad Humana